martes, 18 de junio de 2013

El niño yuntero

*Trabajo de lengua inspirado en el poema de Miguel Hernández "El niño yuntero". Recomiendo leer el original en primer lugar.

El niño yuntero

Antes de aprender a levantar los dedos para indicar su edad, ya debía manejar el arado como lo hacía cualquiera de los demás hombres del campo. Ya debía empujar dos bueyes que de un movimiento brusco, podrían tirarle al suelo. Ya debía saber lo que era restregarse las gruesas gotas de sudor que caían por su frente, a fin de que no llegasen a los múltiples cortes y arañazos en su piel, escociendo como sal en las heridas.
Pies callosos, manos llenas de ampollas explotadas. Hacía ya tiempo que se había acostumbrado a la ardiente quemazón de la tierra yerma, que debía andar descalzo para trabajar. Las astillas de la yunta seguían clavándosele en las palmas, aunque ya apenas las notaba. Años habían pasado desde que llegó llorando al regazo de su padre por el dolor… Y de que este le respondiera a gritos que volviera al trabajo y dejara de actuar como una niñita burguesa.
Sonó la campana que indicaba el descanso en la jornada. Tan rápido como se lo permitían sus huesos frágiles y agotados, corrió a ver qué podía rescatar del almuerzo de los demás trabajadores. Se peleó con el Viejo Loco, un anciano cuyo nombre todos desconocían, por un par de mendrugos de pan, de los cuales al final consiguió uno. No se sentó, porque sabía que, de hacerlo, podría no volver a levantarse, fatigado como estaba. Devoró su pobre comida en un segundo, y volvió a donde la yunta, su única amiga, le esperaba.
Cada día, aquella rutina agotadora parecía más normal. Cada día, tenía menos ganas de salir corriendo del campo para jugar con el resto de los niños en la plaza. Cada día, sonreía menos pensando en sueños de futuro, y se marcaban más sus arrugas de preocupación pensando en conseguir dinero para mantener su familia. Cada día, su piel se volvía más dura, rugosa y tostada, menos suave y regular. Cada día, resultaba más similar a los demás hombres jornaleros.

Hasta que llegó el día, en que el niño, dejó de ser niño yuntero. Hasta que llegó el día, en que, sin saber levantar los dedos de las dos manos para indicar sus años, se convirtió en un pequeño hombre; un pequeño hombre que como tantos, había madurado sin tener infancia.
***

Bueno, pues este era el texto que pretendía subir ayer, pero que no pude ya que no estaba en ningún maldito archivo del ordenador. Hoy, finalmente, he encontrado el pendrive en el que lo tenía guardado, así que, aquí lo tenéis :D.
El texto, como pone arriba, está inspirado en el poema de mismo título escrito por Miguel Hernández, ya que mi profesor de lengua nos mandó componer en prosa, una redacción basada en esta poesía que aparecía en el libro. Como ese día estaba poco inspirada, en vez de un relato completo bien formado, escribí esta especie de "reflexión". ¿Qué os parece? ¿Os gusta? ¿Os parece excesivamente corta? ¡Espero vuestra opinión en un comentario!

Un beso ;).

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